UNA INTERPRETACIÓN COMPLETAMENTE EQUIVOCADA DE SIGHTSEERS (BEAN WHEATLEY, 2012)

-AVISO SPOILERS-

¿Y si la protagonista de Turistas, Tina (Alice Lowe), fuera en realidad una bruja? Parece imposible, pero estas son las pruebas que aporto...

Tina es una mujer de clase obrera, con una inteligencia muy limitada, que vive sola con su madre. Eso en la Edad Media habría sido suficiente para sospechar de ella. Su principal rasgo de personalidad, además de ser vulgar y hortera, es su amor por su perrito Poppy. La mascota está presente en -demasiadas- fotografías decorando las paredes de su casa. Ese amor por los perros demuestra que a Tina le falta cariño (humano). Pero además, nos muestran que Tina tiene un diploma en Psicología Animal. El poder de "hablar" con los animales -gatos o perros- es un claro indicio del poder satánico de las brujas.

En un flashback, descubrimos que Poppy muere ensartado en unas agujas de Tina. Una muerte accidental que podría haber servido de sacrificio para invocar a Chris (Steve Oram). Un hombre pelirrojo -que algunas culturas asocian al Diablo- que será utilizado por Tina para escapar de casa, y de su represiva madre. La liberación de Tina es subrayada con la primera utilización en la película de la canción Tainted Love en la versión -la más popular- de Soft Cell (1981)...

Sometimes I feel I've got to
Run away, I've got to
Get away from the pain you drive into the heart of me
The love we share
Seems to go nowhere
And I've lost my light
For I toss and turn, I can't sleep at night

Tina huye del amor "deshonesto" o "corrupto" de su madre, a la que era imposible satisfacer. Con Chris, Tina no sólo consigue su emancipación -aprecia los recuerdos de su habitación, pero al mismo tiempo los odia- sino que su universo vital se abre completamente al mundo. Tina, además, se libera sexualmente al irse con Chris, y al alejarse del sentimiento de culpa ¿católico? que le hacía sentir su madre. Un pequeño y enigmático diálogo, justo antes la partida, parece dar una pista al respecto. La madre de Tina, Carol (Eileen Davies), que lleva un cabestrillo, llama "asesino" a Chris. Tina replica a su madre que fue "un accidente" -¿intentó Chris matar a la madre de Tina?- a lo que Carol responde: "tú también (fuiste un accidente)" lo que apunta a un oscuro catolicismo antiabortista de libro.

Chris resulta ser verdaderamente un asesino en serie. Si estamos acostumbrados a ver a los psicópatas del cine como individuos inteligentes, sofisticados, o perturbadamente desquiciados... Chris es todo lo contrario. Sin educación, en el paro, hortera, cutre y poco inteligente. Su idea de hacer turismo es visitar museos absurdos, y entre medias sentarse en un camping, delante de una caravana, a beber una cerveza. Esconde su fracaso vital diciendo en voz alta que todo el mundo es un imbécil menos él. Además, sueña ilusamente con escribir un libro, y que Tina sea su musa. Sin embargo, hay algo que eleva a Chris y que le hace superar su absoluta mediocridad: ha dejado salir el instinto asesino que la civilización nos ha robado. Esto se comprueba en el ridículo museo del Tranvía de Crich, en el que Chris mata -¿accidentalmente?- a un hombre porque no ha recogido del suelo el envoltorio de un helado Cornetto (Edgar Wright es el productor ejecutivo del film).

Este primer asesinato da a entender que Chris es una especie de justiciero de la clase obrera que elimina a los individuos más groseros e incivilizados a su alrededor. Tina es demasiado inocente para darse cuenta de lo que ha pasado y cree que todo ha sido un accidente. Pero en el camping que visitan a continuación, conocen a otra pareja, Ian y Janice, que son su reverso: de clase media alta, hacen gala de tener una caravana mejor, buen gusto para la decoración, tienen un perro muy parecido al fallecido Poppy, y encima, Ian ha cumplido ya el sueño -imposible- de Chris: está escribiendo su tercer libro sobre las "Líneas Ley", una red mística que une lugares históricos como antiguos monumentos y megalitos. Lugares de poder que también visitarán Chris y Tina, y que despiertan la conciencia sobrenatural de ella. Esto se manifiesta de inmediato: durante la primera noche en el camping, Tina sufre extrañas pesadillas en las que se une a un culto pagano que sacrifica pollos y baila en trance. Tina, desde sus sueños de bruja, controla a Chris para que asesine a Ian. La canción que escuchamos en este momento es Season of the Witch -la temporada de la bruja- (Donovan, 1967) interpretada por Vanilla Fudge...

When I look out my window,
Many sights to see.
And when I look in my window,
So many different people to be
That it's strange, so strange.

Tras el asesinato, Chris y Tina se apoderan de las personalidades de Ian y Janice: se quedan con su perro, que pasa a ser la reencarnación de Poppy -¿Estás ahí, Poppy? le pregunta Tina al can- se quedan con su cámara digital -que contiene la vida entera de la pareja suplantada- e incluso Tina miente a los desconocidos diciendo que están casados, y que Chris escribe su tercer libro sobre las "Líneas Ley". Es entonces cuando Tina descubre que Chris es un asesino... y decide aceptarlo. No sólo eso. Tina presencia cómo Chris asesina brutalmente a un excursionista por reclamarle a ella que su perro ha defecado en el campo. Chris justifica la muerte adoptando como excusa la bandera del pueblo llano que se rebela contra sus señores feudales: el excursionista muerto había estudiado en un colegio privado, y era lector del tabloide conservador Daily Mail. Se trata de una vuelta al primitivismo: el asesinato calca la planificación del momento en el que el simio Moon-Watcher elimina a un rival con un hueso en 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

Ahora, Tina se ha convertido en encubridora y en cómplice de Chris. Juntos, siguen visitando esos campos que anticipan los de A Field in England (2013). Oscuras pesadillas perturban el descanso de Chris, que sueña con una mujer vampiro sedienta de sangre. Tina está cambiando. Justifica los asesinatos como ecológicos, ya que reducen las emisiones de las personas al acortar su vida: la brujería está ligada a cultos precristianos a la Madre Naturaleza.

También está relacionada la brujería con el movimientos feminista. Algunos grupos activistas de mujeres, como W.I.T.C.H, adoptaron a finales de los años sesenta la iconografía de las brujas medievales. Y el primer asesinato que comete personalmente Tina, tiene mucho que ver con el feminismo mal entendido. Tina le quita la vida a una practicante de uno de los rituales modernos más denigrantes que padecemos: las despedidas de soltera. Estas mujeres buscan "divertirse" antes de dedicarse a sus maridos, y para ello, la sociedad les da el "permiso" de comportarse como hombres -imbéciles- durante una jornada. Al día siguiente todos los desmanes serán olvidados para subir al altar vestidas de blanco. La víctima de Tina no llegará a casarse, y durante su muerte volvemos a escuchar otra versión de Season of the Witch, esta vez interpretada por Julie Driscoll, Brian Auger, and The Trinity...

You've got to pick up every stitch,
You've got to pick up every stitch,
Beatniks are out to make it rich,
Oh no, must be the season of the witch

Es en este momento cuando Chris descubre que su "musa" se le ha ido de las manos. Tina atropella a otro dominguero que hacía "running" en la orilla de la carretera, y Chris, furioso, insulta a Tina: la llama bruja tres veces. 

Los problemas de la pareja llegan a un punto crítico cuando Tina comienza a sentir que Chris la está dejando de lado tras conocer a Martin (Richard Glover) y unirse a su absurdo proyecto de comercializar un ridículo invento. Tina ya no está para bromas, y también asesina a Martin. Pero consigue evitar que Chris la abandone utilizando su poder -sexual- sobre él. Chris parece hipnotizado, quema su caravana y acepta acompañar a Tina en el final romántico que ella le había propuesto hace unos días: suicidarse desde lo alto del viaducto de Ribblehead. Antes de dejarse caer, Chris le pide perdón a Tina por haberla llamado bruja y se lanza al vacío... solo. Tina no cae, porque es una bruja, y las brujas vuelan. Y entonces escuchamos otra versión del Tainted Love en la voz de Gloria Jones...

Once I ran to you (I ran)
Now I'll run from you
This tainted love you've given
I give you all a boy could give you
Take my tears, and that's not nearly all
Tainted love (Oh)
Tainted love

Tina ha cortado los lazos con Chris, porque, aunque parecía ser el hombre de su vida, ya había cumplido su función: la ayudó a salir de su casa, de su pueblo, de su madre, y de su culpa. Ahora Tina está lista para alcanzar su verdadero potencial.

Sabemos que nada de eso es verdad, pero, oye ¿quién sabe?



CONTENIDO EXTRA
Un dato más. En el museo del tranvía que visitan al principio -según IMDB- se ve la Tardis de Doctor Who: el próximo proyecto de Ben Wheatley es dirigir un episodio de la octava temporada.

THIS IS 40 (JUDD APATOW, 2012)


-AVISO SPOILERS-

Tus grupos favoritos son de los 90, y ahora que tienes 40 descubres que toda la música que te gusta es triste. Da igual lo mucho que busques en tus listas de Spotify: no encontrarás una sola canción para levantarte el ánimo. Ese es el principal problema de Pete (Paul Rudd) en Si fuera fácil. Y el mío también. Citar a los Pixies es uno de los golpes bajos de una película -como si Apatow supiera lo que me gusta- que de primeras busca que nos identifiquemos con sus personajes a través de hábitos y conductas demasiado universales: tienen el iPad, juegan al Candy Crush, están enganchados a Perdidos. Son recursos tan "facilones" como aterradores: demuestran que todos somos iguales.


Si fuera fácil plantea también los problemas más "profundos" que acarrea cumplir 40. Por ejemplo, lo duro que es asumir que sólo unas 600 personas comprarían un disco de tu grupo favorito, por mucho que te guste su música. Esa sensación de frustración, de incomprensión, hace que Pete acabe llorando después de su jornada laboral. Es lo mismo que siento yo cuando no puedo comentar con nadie el último capítulo de Mad Men en mi trabajo. Lo más complicado de llegar a los 40 es que sabes que, a poco que te esmeres repasando tu vida, es fácil llegar a la conclusión de que eres un fracasado. Pete es un iluso, pero Apatow no le juzga. Menos mal, porque si lo hiciera, nos estaría juzgando a todos. Por suerte, lo mejor que tiene Si fuera fácil es que es una comedia amable. Aunque todos sus personajes tienen inseguridades, defectos y mezquindades, son retratados desde una tolerancia comprensiva y cómplice.


Esa mirada casi paternal llega a ser tierna cuando se centra en el núcleo familiar protagonista, con dos niñas adorables -son las hijas del director- que viven en una casa ideal que parece sacada de una revista de diseño de interiores. Pero Apatow nos engaña con esa estampa idílica: los protagonistas no pueden pagar esa casa, ni el tren de vida consumista de iPhones y escapadas románticas de fin de semana para mantener viva "la chispa". Están endeudados hasta las cejas. Esto también me suena: me levanto todos los días planteándome quitarme de Canal Plus.


En Si fuera fácil, Judd Apatow se deja llevar de nuevo por esa tendencia que hizo que Hazme reír (2009) tuviera una duración de 146 minutos. No solo porque permite que sus actores improvisen, sino porque plantea una historia completamente abierta, expansiva, con una gran cantidad de personajes, sin buscar ningún tipo de economía dramática, permitiendo que las situaciones se repitan: Pete es un Sísifo de sitcom que se mata a quemar calorías en su bicicleta de carrera, para luego hincharse a cupcakes. Además, la película se extiende abarcando tonos -de comedia- muy diferentes: desde el costumbrismo tierno de la vida doméstica de la familia, pasando por el humor chusco de los pedos de Pete; el toque picante que aporta el cuerpazo de Megan Fox; un Albert Brooks completamente pasado de rosca; el humor referencial de Chris O´Dowd y los cameos; esa secuencia gamberra en la que los protagonistas se enfrentan a una enloquecida madre interpretada por Melissa McCarthy. Hasta Lena Dunham -una favorita personal- asoma la cara por ahí.


Puede que Si fuera fácil vaya dirigida a nosotros, los cuarentones, pero la película no se deja limitar por su título original y toca, superficialmente, los problemas de todas las etapas de la vida. Los abuelos agobiados por tener que mantener una segunda familia -tras el fracaso de la primera- pasados los 60. La hija adolescente, bastante lúcida por cierto, que atraviesa una crisis hormonal tremenda. La hija pequeña que simplemente no entiende nada, pero siente verdadero terror ante lo que le espera. Aunque los personajes de la película atraviesan momentos diferentes de su existencia, hay algo que los iguala a todos: tienen más preguntas que respuestas. A Apatow no le interesa -tampoco puede, nadie puede- aportar soluciones a esas interrogantes. De hecho, los conflictos que plantea para sus personajes no se resolverán durante la película. Si fuera fácil parece decirnos que la vida es luchar continuamente, y eso es una mierda, sí, y que nadie es realmente feliz, también, pero precisamente por eso lo mejor es tomárselo todo con humor. Tampoco nos queda otra.

TRUE DETECTIVE -TEMPORADA UNO-

-AVISO SPOILERS-

El mundo de True Detective no es el nuestro. Se parece mucho, pero no lo es. Los que habitan ese mundo creen que todo es normal. Pero el detective Rust Cohle (Matthew McConaghey) tiene la capacidad de ver lo que hay detrás.

Tocado por la tragedia, Rust ya no cree en la ilusión de esto que llamamos realidad. Para él, se ha desgarrado el velo, y es capaz de ver el horror, el vacío, que se esconde detrás. Al igual que Neo, puede ver más allá de la ilusión creada por la máquina en Matrix (Los Hermanos Wachowski, 1999).

La actitud nihilista de Rust le provoca problemas con todos los que le rodean, y que son incapaces de ver lo mismo que él. Conocer la verdad le condena, irremediablemente, a la soledad. Sólo la compañía impuesta del detective Marty Hart (Woody Harrelson) nos permite conocer lo que piensa Rust gracias a sus largas, larguísimas, conversaciones.

Porque en los primeros cuatro episodios de True Detective, los personajes hablan. Dos agentes entrevistan a Marty, y hablan. Los mismos agentes interrogan a Rust, y hablan. Los dos detectives comparten largos trayectos en coche, y hablan. Interrogan a un sospechoso durante la investigación de unos macabros asesinatos, y hablan. Los policías hacen un descanso para comer, y hablan. En True Detective hablan y hablan y hablan. No paran de hablar. 

Todo lo que sabemos de Rust y de su visión de la vida -que define los parámetros temáticos de la serie- la obtenemos a través de esos diálogos filosóficos, citan a Nietzsche, y complejos, la teoría física de las cuerdas. Esos diálogos exigen nuestra atención completa. Es fácil perderse. El mismo Marty se pasa toda la serie perdido. Por eso le cae mal Rust, un tío que se define con la frase "no lo hago bien en las fiestas" y que Marty define como "el Michael Jordan de los hijos de puta".

Los primeros cuatro capítulos de la serie establecen un tono, triste y lento, gracias a esos larguísimos y estupendos diálogos. Pero me temo que nuestra memoria retendrá más bien las imágenes: el primer cadáver de la mujer adornada con una cornamenta -que recuerda a Hannibal (2013)-; las extrañas figuras hechas con ramitas -que recuerdan a El proyecto de la bruja de Blair (1999)- el inmenso dibujo en la pared de la Iglesia, la imagen del asesino con una máscara de gas, y el plano secuencia al final del cuarto episodio...

Precisamente, a partir de ese plano secuencia algo cambia en True Detective. El ritmo de la historia se acelera. Los largos diálogos dejan pasado a secuencias más visuales, en las que prevalece la acción y el suspense. El quinto capítulo culmina con una larga secuencia sin diálogos en la que Rus descubre que debe comenzar a buscar de nuevo. No por casualidad ha repetido durante todo el capítulo que "el tiempo es un círculo plano". El eterno retorno de Nietzsche. 

Enseguida, la serie se toma un respiro para darle la oportunidad a sus ¿héroes? de arreglar sus cuentas pendientes para luego continuar su cruzada contra "el mal". El zoroastrismo entiende el mundo como un escenario de guerra, limitado en el espacio y en el tiempo, en el que los poderes del bien y del mal luchan hasta el fin. ETrue Detective, Rust se embarca en esa lucha, y recluta a Marty, al que debe convencer de la existencia de la oscuridad: el bebé en el microondas fue una señal, los dos chavales que se aprovechan de su "inocente" hija fue otra, la película snuff en la que torturan a una niña acaba por comprometerle. Las víctimas del mal en True Detective siempre son mujeres: desaparecidas, torturadas, asesinadas, utilizadas como objetos sexuales, y engañadas por sus maridos. 

En los capítulos finales, True Detective se aparta del punto de vista de los detectives durante la investigación para enseñarnos al asesino. Una decisión anticlimática, arriesgada y coherente. Parece necesario detenerse en el hombre de las cicatrices (Glenn Flesher) que se rodea de niños y silba como el asesino de M (Fritz Lang, 1931). Así descubrimos algo más del extraño culto que profesa y que recuerda al de Kill List de Ben Wheatley (2011) 

Por alguna razón, sospechamos que el malvado Errol, como Rust, también puede ver la realidad detrás del velo, sólo que ha elegido servir al bando de la oscuridad, y no al de las estrellas. En el clímax, Rust tiene una visión del abismo, de esa rasgadura en el tejido de la realidad. Pero no sabemos si se trata de una mera alucinación de su castigada mente. Tampoco importa. Otra película de Ben Wheatley, A Field in England (2013)también recurre a una coartada racional, las setas alucinógenas, para satisfacer a los que necesitan de justificaciones racionales.

GIRLS -TEMPORADA 3-

 

-AVISO SPOILERS-

Todo es ficción. Las cosas que nos pasan parece que no son reales, hasta que se las contamos a alguien. Tenemos la necesidad de elaborar un relato de nuestras vivencias para transmitirlas a otro, a alguien que nos escuche. Y esa narración de lo que nos ha pasado, necesariamente significa una elaboración, una reducción a palabras de nuestras experiencias, percepciones y sentimientos. Nunca decimos toda la verdad.

Que todo es ficción podría ser el leitmotiv de la tercera temporada de Girls. Lena Dunham es la creadora de la serie, directora y guionista de algunos capítulos, y actriz protagonista. En el papel de Hannah, su vida es como la de cualquier joven -occidental y del primer mundo- de su edad. Pero hay una diferencia: Hannah quiere ser escritora, y eso hace que utilice la ficción como herramienta para afrontar sus problemas.


La obsesión de Hannah por publicar su primer libro queda en evidencia cuando muere su editor, David Pressler-Goings (John Cameron Mitchell). Hannah no consigue sentir pena por la muerte de esa persona, cuando lo que realmente le importa es que se ha esfumado la publicación de su primer libro. Su falta de sensibilidad le causa problemas con su pareja, Adam (Adam Driver), un joven apasionado, pero, en principio, sin ambiciones. Adam cuestiona a Hannah por ser egoísta, por no sentir lo que hay que sentir cuando la sociedad establece que hay que sentirlo. Éste episodio, titulado Dead Inside, concluye con Hannah intentando convencer a su novio de que sí es una persona sensible. Sólo que para ello, se apropia de una anécdota de Caroline (Gaby Hoffmann) que le cuenta a Adam como si fuese propia. Esto es, Hannah elabora una ficción y con ello consigue, por fin, expresar sentimientos de pena.

En el episodio Free Snacks, Hannah encuentra trabajo en la revista GQ. En principio, es el trabajo ideal: ganará un buen sueldo haciendo lo que le gusta, escribir, y además, hay "picoteo gratis". Pero Hannah pronto descubre la trampa: las ficciones que se verá obligada a escribir por dinero ponen en peligro su carrera como "escritora, escritora". Siempre un poco arrogante, Hannah cree ser mejor que los demás, y que sólo ella tiene aspiraciones artísticas, pero enseguida descubre que todos sus compañeros de trabajo guardan en el cajón novelas y obras de teatro que nunca verán la luz. Al final, Hannah decide no renunciar a un buen trabajo, y acepta que, según pasan los años, nuestros sueños se disipan al encenderse la luz de las necesidades más prácticas. Tendrá que escribir su novela los fines de semana. Se conforma.


Flo (la nominada al Óscar por Nebraska, June Squibb) es la abuela de Hannah, y sus médicos anuncian un desenlace inminente. Esto obliga a todas las mujeres de la familia a reunirse. La madre de Hannah le pide que mienta a su abuela para que, al menos durante sus últimos horas, sea feliz. La ficción que debe crear Hannah consiste en decirle a su abuela que ha decidido casarse con Adam. La idea de la madre esconde que no está contenta con la vida que lleva su hija. Hannah se niega a mentir, por sus principios, pero al final cede: a pesar de lo liberal y abierta que es, no consigue escapar a la presión social de lo que es "correcto". La ficción que le propone su madre la obliga a cuestionarse su relación con Adam, y su compromiso con él.


Precisamente en el siguiente episodio, Role Play, Hannah intenta salvar su relación con Adam. Él ha crecido, ha evolucionado, al conseguir un papel en una obra de Broadway. Ella siente que han perdido frescura como pareja y su idea para recuperarla es... crear una ficción. Un retorcido -y divertido- juego de rol en el que Hannah interpreta precisamente al personaje que su madre quería que fuese en el episodio anterior: una mujer casada, aburrida de su relación. Hannah le asigna a Adam el papel de un desconocido que aparece para darle emoción a su vida. La ficción funciona, pero no para salvar la pareja: sólo aclara las cosas entre ellos. Adam se confiesa y deja claro que ahora tiene una ambición, la de ser actor, y no quiere que la problemática Hannah interfiera en sus objetivos. Adam decide marcharse para poder asumir completamente su nuevo papel.

En el penúltimo episodio de la temporada, I Saw You, la ficción paranoica se apodera de Hannah. Ella cree que Adam acabará por romper la relación y, precisamente por su actitud insegura esto podría ocurrir. Pero su miedo tiene una razón de ser. Durante un largo tiempo, Hannah era el único "interés" de Adam. Ella teme que ese tiempo haya sido demasiado largo, que su relación haya caído en la rutina, y se siente desplazada por la nueva "pasión" de Adam: la interpretación. Para Hannah, es inconcebible que alguien pueda amar dos cosas a la vez. Y tiene razón. Pero además, se da cuenta de que ella misma ha abandonado su sueño de ser escritora por Adam, y decide renunciar a la revista en la que trabaja, y en la que desperdiciaba su talento. Una lección que aprendió al visitar a la actriz Patti LuPone, y a su "fracasado" marido. Hannah decide que no se va a conformar con ser "la novia de..." Bien por ella.


Todo esto se confirma en el último capítulo de la temporada, Two plane rides, en el que todos los personajes tocan fondo, menos Hannah. Ella comienza recibiendo una buena noticia: ha sido aceptada para cursar estudios de postgrado de escritura creativa en Iowa, en una prestigiosa universidad. Ese logro devuelve a Hannah la confianza perdida por el triunfo de Adam, cuya ambición le había obligado a separarse de ella y a dejarla abandonada. Hannah decide darle su buena noticia a Adam en el momento justo para desconcentrarle antes de su gran debut. Una acción egoísta que parece destinada a romper la relación que antes parecía importarle tanto. Pero todo era falso: la verdadera pasión de Hanna es escribir. Y cuando luchaba por ese objetivo se apoyaba en Adam, y aseguraba amarle. Pero cuando consigue que la acepten en Iowa, Hannah lo tiene claro: Adam es secundario. Dos pasiones no pueden convivir en un corazón.

En este último episodio todos los personajes parecen descubrir el valor de algo cuando lo han perdido. Y para casi todos, es demasiado tarde. Shoshanna quiere volver con Ray cuando descubre su lío con Marnie, pero él no acepta, porque ya no la necesita. La artista de la que cuida Jessa se arrepiente de su intento de suicidio, ha recuperado las ganas de vivir en el último segundo. La novia del "famosillo" Desi lucha por él ante la amenaza de Marnie. El propio Adam no parece satisfecho tras su éxito en la obra teatral: quizás ya echa de menos a Hannah. Es el único romántico en una serie que dibuja relaciones personales motivadas siempre por algún interés, por la conveniencia, o por puro egoísmo. El amor en Girls es secundario, y por eso, esta ficción me parece dolorosamente realista.

SINISTER (SCOTT DERRICKSON, 2012)


-AVISO SPOILERS-

¿Puede una imagen contener el mal? ¿Puede una pantalla ser una ventana entre dos realidades? Sinister, efectiva película de terror sobrenatural, se plantea el poder perverso de las imágenes, y del mismo cine. Utiliza elementos ya de sobra conocidos: un escritor de historias criminales (Ethan Hawke) encuentra una misteriosa caja que pone "películas caseras". Y dentro, cintas de súper 8 que muestran macabros asesinatos. Tras la proyección de estas películas, comienzan a ocurrir fenómenos paranormales: aparecen niños muertos, y, sobre todo, un perturbador demonio de estética deudora de Saw (James Wan, 2004) e Insidiuous (James Wan, 2010). Pero a partir de estos materiales poco originales, Sinister se esmera en crear una mitología propia, eso tan ochentero que eran las "reglas" del monstruo, y luego acierta con un final rigurosamente consecuente con su planteamiento inicial.

En Sinister se repiten temáticas frecuentes en el cine de terror: la del metraje encontrado ("found footage"), la de las "snuff movies", y la de la pantalla como puerta de entrada y salida para elementos malignos, como liberación de los miedos encerrados en nuestro subconsciente. 

SNUFF MOVIES


En la clásica El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) Mark Lewis (Karlheinz Böhm) utiliza su pequeña cámara de cine para captar el terror de sus víctimas al asesinarlas. El miedo en el rostro de los personajes, encuadrados por el objetivo del asesino, es equiparable al de los espectadores de la película. 



El fotógrafo del pánico hace evidente la metáfora sobre el cine que ese mismo año propone Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960): el asesinato en cámara subjetiva de la famosa escena de la ducha nos convierte en el propio Norman Bates asestando terribles puñaladas sobre el cuerpo desnudo de Janet Leigh. Pero cuando Michael Powell coloca físicamente una cámara en las manos del asesino para justificar los planos subjetivos, nos convierte además en morbosos voyeurs ¿Estaríamos dispuestos a ver películas reales de asesinatos como los de El fotógrafo de pánico? O peor aún ¿podríamos evitar sentir cierta curiosidad por verlas?



En 1980, el italiano Ruggero Deodato presentó su película Holocausto Caníbal como si fuera un documental real sobre un grupo de exploradores que sufren todo tipo de torturas hasta ser devorados por una tribu primitiva. Por esto Deodato fue acusado de comercializar una "snuff movie", pero evitó ir a prisión de una manera muy sencilla: hizo que sus actores se presentasen en el juzgado para demostrar que estaban vivos y que todo era ficción. Eso sí, el pequeño truco de presentar el film como si fuera real, convirtió la película en un éxito gracias al morbo y al mal rollo de sus imágenes.



La leyenda urbana sobre la existencia de películas "snuff" -nunca se ha podido probar la existencia de alguna- ha alimentado los argumentos de varias películas. "Quiero verlo de nuevo" dice el protagonista de Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986) refiriéndose a la perturbadora grabación casera de un asesinato que acaba de cometer. Henry (Michael Rooker) revive así, una y otra vez, el perverso placer de la muerte gracias a la reproducción de la imagen grabada. Igual que los fanáticos de las películas de terror.



El hallazgo de una "snuff movie" es lo que plantea Tesis (Alejandro Amenábar, 1996). Pero el verdadero terror no se encuentra en la imagen del asesinato que encuentra la protagonista (Ana Torrent), sino que ésta no es más que un anticipo, una amenaza, un flashforward, de lo que ella misma tendrá que vivir en sus propias carnes.


En la decepcionante Asesinato en 8 milímetros (Joel Schumacher, 1999) una viuda contrata a Tom Welles (Nicholas Cage) para comprobar la veracidad de una "snuff movie" hallada en la caja fuerte de su marido fallecido. Para encontrar la verdad, Welles protagoniza el clásico descenso a los infiernos que le llevará a descubrir que exponerse a la imagen del mal, puede cambiarte por dentro.



Más simpática, al menos en su premisa, es The last horror movie (Julian Richards, 2003). Un asesino graba las muertes de sus víctimas en VHS, y luego las cuela en un videoclub como películas convencionales. La persona que alquile inadvertidamente la "snuff movie", será su siguiente víctima.



En The Poughkeepsie tapes (John Eric Dowdle, 2007) el FBI encuentra el terrible archivo de un asesino en serie que, durante años, ha grabado crímenes y torturas. La textura desgastada del vídeo analógico, del VHS, aporta a la imagen un verismo que produce una desazón tremenda. 




Todavía más extrema, en A serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010) un actor de cine para adultos recibe una jugosa oferta económica para rodar “pornografía artística”. Acabará mezclado en tales atrocidades, que la película fue -vergonzosamente- censurada en España por personas, suponemos, demasiado sensibles al poder de la imagen, aunque esta sea sólo ficción.


Mucho más reciente, ese compendio de todo que es True Detective (2014), en su séptimo episodio, también se sirve del morbo de la "snuff movie". Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga no permiten que veamos el vídeo de un sangriento ritual; pero el rostro de Martin Hart (Woody Harrelson) expresa mucho mejor las atrocidades que supuestamente muestra. Martin decide inmediatamente ayudar a Rustin Cole (Matthew McConaughey) a encontrar y ajusticiar a los culpables.



LA IMAGEN MALDITA

Hay que volver a 1980 y a España, para encontrar otro tipo de planteamiento sobre la naturaleza de la imagen cinematográfica. La inclasificable y vanguardista Arrebato de Iván Zulueta, nos propone a un director obsesionado con descubrir la esencia del cine, pero que acaba vampirizado por su poder. Arrebato está considerada como una película maldita, se dice que acabó con la carrera de Zulueta, pero al mismo tiempo le convirtió en leyenda.



Otra película maldita, que ha generado leyendas urbanas sobre el destino de sus protagonistas es Poltergeist (Tobe Hooper, 1982). En ella, los espíritus burlones utilizan la pantalla de un televisor para acceder a nuestra realidad y atormentar a la familia Freeling. Es el famoso "ya están aquí" que dice la niña. No por casualidad, la última escena de Poltergeist nos muestra al padre (Craig T. Nelson) sacando el televisor de la habitación del hotel en el que han tenido que refugiarse al abandonar la casa encantada. 


Un año después, en Videodrome (David Cronenberg, 1983) Max Renn (James Woods) descubre una señal pirata que emite vídeos "snuff" en los que se pueden ver terribles torturas. Pero buscar el origen de la señal llevará a Max a experimentar fenómenos extraños: su nueva carne le permitirá introducir en su estómago cintas de vídeo que le programarán para convertirle en un asesino.



En la divertida y muy pulp, Demons (Lamberto Bava, 1985), una película maldita comienza a poseer a los espectadores atrapados en un cine, convirtiéndolos en demonios. Los pocos que consiguen escapar a la masacre descubren que, fuera de la sala, ha llegado el Apocalipsis. Mejor imposible.


La japonesa The ring (Hideo Nakata, 1998) es un claro precedente de Sinister al plantear que una imagen puede contener un elemento sobrenatural. Una cinta de vídeo -parece que los espíritus evitan el formato digital- matará a cualquiera que se atreva a verla. La reproducción de la cinta, en la que aparecen escalofriantes imágenes aparentemente inconexas, culmina con un espíritu maligno capaz de salir de la pantalla del televisor para matar de miedo a su víctima. Esa mujer que se arrastra con sus cabellos cubriendo su rostro se ha convertido en un icono del cine de terror reciente.



39 años después de Holocausto CaníbalEl proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myric y Eduardo Sánchez, 1999) también jugó con la idea de hacerse pasar por un hecho real (ahora eso lo hacen todos los informativos). La inquietante idea de encontrar las grabaciones que muestran los últimos días de unos jóvenes que murieron en extrañas circunstancias fue el antecedente más directo a un subgénero hoy ya más que gastado: el "found footage" que sin embargo sigue siendo rentable gracias a Paranormal Activity (Oren Peli, 2007) o nuestra excelente REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza,m 



El episodio Cigarrete Burns (John Carpentet, 2005) de la serie Master of Horrors tiene un planteamiento irresistible. Kirby Sweetman (Norman Reedus) se dedica a buscar y vender películas extrañas y recibe un extraño encargo de un coleccionista (Udo Kier): encontrar la película Le fin Absolue du Monde cuyo único pase habría ocasionado una furia homicida en el festival de Sitges. Ya la estáis buscando.


En Resolution (Justin Benson y Aaron Moorehead, 2012) un amigo ayuda a otro a superar su adicción a las drogas. Para ello se encierran en una cabaña, aislados de todo. Pero pronto comienzan a encontrar extrañas grabaciones de todo tipo: audio, cine, vídeo, en las que aparecen ellos mismos en ¿futuros alternativas? ¿Quién crea esas películas? ¿Son reales? Sólo podemos especular.



Berberian sound studio (Peter Strickland, 2012) está protagonizada por un ingeniero de sonido británico que trabaja en una violenta película italiana. El protagonista (Toby Jones) descubre que los sonidos, los efectos, las voces, y los gritos, por separado, también encierran un siniestro poder capaz de mezclarse con sus propias obsesiones: vive con su madre, que le escribe cartas cuando está lejos, y eso no puede ser sano. 



Cuando ya no estemos, cuando hayamos muerto, de alguna manera seguiremos vivos en las fotos y grabaciones que se hayan hecho sobre nosotros. Ese es quizás el poder de la fotografía y del cine y del vídeo: que conservan la apariencia de nuestras almas. Ese es el poder del demonio Bagul en Sinister que, acompañado de sus pequeños fantasmas infantiles, ha conseguido ser inmortal en celuloide, en las latas dentro de una vieja caja que reza "Películas caseras".

NYMPHOMANIAC. VOLUMEN 2 (LARS VON TRIER, 2013)


-AVISO SPOILERS-

Aquí va una opinión muy personal de un tío que no entiende mucho de nada. Pero aquí va. Si eres de esos que va diciendo a todos que te gusta mucho el "cine", o que eres un "cinéfila", pero no vas religiosamente a ver cada película que hace Lars Von Trier, creo que eres un fantasma. Ya lo he dicho.

Obviamente, esto no es cierto. Cada quien tiene sus gustos, todo es subjetivo, y afortunadamente es imposible ver todas las películas de todos los directores importantes que hacen cine actualmente. Creo. No sé realmente cuántos serán. Sólo sé que a mí no me da tiempo. Ni los conozco a todos. Y eso que soy adicto. Al cine. Como la protagonista de Nymphomaniac. Pero al cine.

El segundo volumen de lo que debería ser una sola película muy larga, comienza en el mismo instante en el que acababa la primera parte. Sigue la misma estructura de capítulos, en los que Lars von Trier continúa jugando con el lenguaje cinematográfico utilizando todo tipo de recursos. Pero esa forma juguetona que tiene la película engaña, y mucho, porque el danés es tan despiadado como siempre.

No tiene el más mínimo cariño por su protagonista femenina, que sufre lo indecible, a pesar de la fortaleza que demuestra. Me atrevería a decir que, a pesar de que las cosas no le salen bien, Joe (Charlotte Gainsbourg), nunca es una víctima. No espera nada bueno de nadie, y hace bien. Su visión del ser humano es terrible: todos somos hipócritas, porque alabamos al que dice "bien" con mala intención, y castigamos al que dice "mal" aunque sus motivos sean loables. Joe es sometida a los peores castigos que puede sufrir una mujer: pierde la capacidad de sentir placer, abandona a su hijo con el sentimiento de culpa que eso conlleva, recibe un fuerte castigo físico durante la película, y las dos únicas personas de las que llega a enamorarse se unen para destruirla.

Lars von Trier tampoco tiene demasiada consideración con nosotros. Busca constantemente la provocación: escenas de violencia contra una mujer, escenas sadomasoquistas hasta sangrar, una broma racista con dos negros intentando penetrar a Joe al mismo tiempo, se atreve a sentir pena por un pedófilo (que no un pederasta) y hace un plano explícito de su estrella realizando una felación (da igual que sea "falsa").

Lo peor es que durante toda la película, el personaje de Seligman (Stellan Skarsgard) destila un conmovedor humanismo que parece ser el único rayo de esperanza en el desolador panorama que dibuja el director. Un rayo de sol como el que se cuela inexplicablemente en el claustrofóbico callejón al que da la ventana del piso de Seligman. Pero el amigo recién descubierto por Joe, al que ella decide relatar su historia (y que por lo tanto nos representa a nosotros, los espectadores) se revela en otro ser vil en uno de los finales más amargos que he visto nunca. Y este tampoco lo he visto, porque Lars Von Trier decide mostrar sólo los sonidos de lo que ocurre. La decepción ante el giro inesperado de Seligman no se justifica: debí haber adivinado lo que venía cuando éste confesó su virginidad.

I HUNG MY HEAD (JOHNNY CASH, 2002)


El 7 de septiembre de 2013 tuve que escuchar, por mi trabajo, la grabación de la primera llamada que hizo el maquinista del tren de Santiago tras sufrir el accidente que le costó la vida a 79 personas. Escuché la voz desesperada de ese hombre culpable a primera hora de la mañana. Ese día no pude seguir trabajando.

Se llama empatía. La capacidad de ponernos en la piel de otros y entender cómo se sienten. Sólo que ese día me puse en el pellejo de una persona a la que se le derrumbaba el mundo encima. El peso de la muerte sobre la vida. Pude imaginarme perfectamente a ese hombre, dentro de 10 años, en el salón de su casa, sin poder olvidar todavía la tragedia que había ocasionado su terrible error. Supe perfectamente que la culpa no le abandonaría jamás. Supe que él hubiera preferido morir en lugar de toda esa gente.

Ese día perdí para siempre la fe en que algo tenga sentido. Nuestra felicidad, si es que eso existe, depende demasiado del azar, de cosas que escapan a nuestro control, o de que alguien decida que nos quiere o no. Desde entonces, sabiendo que es imposible ser feliz, mi mente me lleva de vez en cuando a ese lugar oscuro en el que no existe el perdón. Ese lugar en el que debe estar el maquinista del tren de Santiago.

Diez años antes, un 12 de septiembre de 2003, moría Johnny Cash. Yo descubrí al hombre de negro, parcialmente, hace unos pocos meses,  al escuchar The man comes around (2002) en la película Killing them softly (Andrew Dominik, 2012). La voz cascada y cargada de Cash me enganchó y me llevó a explorar su música, que conocía más bien poco, aunque el videoclip de su versión de Hurt ya me había conmovido profundamente hace tiempo. 

Encontré, entre las canciones de sus últimos años, I Hung My Head. Su letra evocaba un trágico western. El protagonista de la canción, muy cinematográfica, narra cómo cogió prestado el rifle de su hermano y salió a la pradera a matar el tiempo. Jugueteando con el arma, prueba a hacer puntería sobre un hombre que ve pasar cabalgando a lo lejos. Y quiso la fatalidad que se le escapase un tiro mortal que acabó con la vida del jinete. Se había puesto la soga al cuello. Apresado por la Ley, enfrentado a un jurado y obligado a encararse a la viuda y a los huérfanos de su error, el protagonista de la canción tiene la suerte de no tener que vivir el resto de su vida con la culpa: muere en la horca. 

Los sentimientos que experimenté gracias a la voz cascada de Johnny Cash recitando I Hung My Head son muy parecidos a los que sentí al escuchar la llamada del maquinista de Santiago. Un simple error que cambia varias vidas. Un error que hace patente la fatalidad de las cosas que pasan: no hay vuelta atrás. Nada podrá reparar la perdida. Y no crean lo que dicen: el tiempo no lo cura todo. Conforme van pasando los años, los errores, lo que perdemos, y las personas que nos abandonan van pesando más y más. Sólo podemos rezar por no equivocarnos demasiado para que el peso no sea excesivo. Para que el dolor nos permita seguir adelante durante el tiempo que nos han prestado hasta morir.

No creo en nada más que en mí. Por eso nunca me ha importado buscar el perdón de otros o de alguna justicia superior. Los errores de los demás, soy capaz de perdonarlos todos. Pero perdonarme a mí mismo, muchas veces sueño con eso.



Y UNA COSA MÁS...
El poder de conmover del I Hung My Head con la voz de Johnny Cash queda completamente anulado si escuchamos la horrible canción original, de Sting. Descubrir esto fue una terrible decepción, incluso para un individuo sin esperanza como yo.

NOCHE DE MIEDO (TOM HOLLAND, 1985)


Noche de Miedo está protagonizada por Charlie Brewster (William Ragsdale) un chaval cuyo padre está ausente: estos personajes abundaban en las películas de los 80. Charlie es un poco la versión patosa del James Stewart de La Ventana Indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954). Él también sospecha que su vecino esconde algo: la pequeña diferencia es que Jerry Dandrige (Chris Sarandon) no es un asesino, sino un vampiro.


Que Charlie Brewster crea que los vampiros existen demuestra que sigue siendo un niño, que se niega a “crecer”, esto es, le da miedo perder su virginidad. El vampiro personifica los miedos edípicos de Charlie. El no muerto intenta ligarse a su madre,  y encima se le adelanta y "desvirga" primero a su novia Amy (Amanda Pearse): le clava sus colmillos en el cuello, convirtiéndola en una vampiresa que da tanto miedo como una mujer sexualmente experimentada... para un chico virgen. 


Para convertirse en un hombre, Charlie tendrá que matar al padre/vampiro y dejar de creer en los monstruos que salen en la tele de su habitación. Noche de Miedo pretende modernizar el mito del vampiro -esencialmente es Drácula- y lo hace usando los efectos especiales más sofisticados de 1985 -unos estupendos maquillajes de látex- un tono prestado de la Amblin de Spielberg y sobre todo mucho humor postmoderno. Porque en el fondo, el director, Tom Holland, no se fía, no se atreve a ir en serio con su vampiro, y llena su película de tantos golpes de humor que vista hoy, Noche de Miedo es pura comedia: el homenaje a Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) resulta hilarante. 

Holland marca diferencias entre su vampiro “realista”, y los chupasangres de la tele que Charlie Brewster tiene en su habitación. Esa pequeña pantalla es otra ventana indiscreta, pero hacia los terrores del pasado: clásicos que recuerdan a la Hammer de los sesenta, porque en 1985 el terror de "ese cine" ya no se encuentra en pantalla grande. Curiosamente, los risibles murciélagos de goma de las películas de los años sesenta de las que Noche de Miedo se ríe con cariño en 1985, tienen el mismo efecto que sus maquillajes de látex ochentero para el espectador de 2014 acostumbrado al hiperrealismo digital.


Esas películas dentro de la película están protagonizadas por un cazador de vampiros: Peter Vincent, un homenaje a Vincent Price y a Peter Cushing, dos señores que en 1985 ya no asustaban a nadie. El actor en decadencia encarnado por Roddy Mcdowall ha tenido que caer muy bajo: para sobrevivir se ha reciclado en presentador de un programa de televisión. Pero enseguida pierde también ese trabajo porque ya nadie cree en vampiros: la chavalería sólo quiere psicópatas con machetes como Michael Myers o Jason Voorhees. En 1985 el monstruo ya no representaba “al otro”, sino a nosotros mismos.


NOCHE DE MIEDO Y YO...
Noche de Miedo es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Probablemente eso dice más de mí, que de la película. Pero estoy hablando de una experiencia personal, de nostalgia, y no de calidad cinematográfica en el sentido tradicional. Me gusta Noche de Miedo porque en 1985 yo tenía 10 años, y no pude verla en un cine. Un amigo mayor que yo, que sí la había visto, me la contó entera. Y mi imaginación infantil estuvo recreando la película hasta que un par de años después, una televisión decidió emitirla, aunque con varios cortes. Tras ese pase, Noche de Miedo se convirtió instantáneamente en una película de culto en el patio de mi instituto. Años después conseguiría verla en vídeo, y descubrí por fin la versión íntegra. Y mucho más tarde, gracias a Phenomena Experience, pude verla en una pantalla grande, con la mejor compañía posible, en una noche que nunca olvidaré. 

Una cosa más. La segunda parte, Noche de Miedo 2 (Tommy Lee Wallace, 1988) también me encanta, y provocó en mí un crush tremendo por la nueva novia de Charlie, Alex, y la actriz que la interpretaba, Traci Lind.

¡Ojo!

DALLAS BUYERS CLUB (JEAN MARC VALLÉE, 2013)



Apoyándose en sus dos actores principales, Matthew McConaughey y Jared Leto -no hace falta decir que cada uno se ha llevado el Óscar- Dallas Buyers Club, basada en hechos reales, es un relato que se centra casi exclusivamente en el arco de  transformación del personaje protagonista, Ron Woodroof. De paleto homófobo a defensor de los derechos de los enfermos de SIDA, eso sí, empezando por los suyos propios.

Ron es presentado como un tío sin rumbo, machista, de vida sexual ajetreada, y adicto a las drogas. Un irresponsable que vive como si fuera inmortal. El descubrir que ha sido contagiado con el virus del VIH le enfrenta cara a cara con la muerte y con el absurdo de la existencia. Cuando comienza a vivir como si no hubiera mañana, cuando cobra conciencia de su mortalidad, es cuando encuentra -o se inventa- un sentido para su vida.

Hasta ese momento, Ron había sido parte de un grupo, el de los paletos texanos, con una moral y una idiosincrasia excecrables. Ron compartía la ignorancia de un grupo social que necesita tener muy claro que el homosexual es "el malo" que les permite reafirmar su hombría. Pura hipocresía por el temor a ser gay, Como suele ocurrir, cuando el paleto de Ron se ve obligado a conocer a esos "otros", descubre su error. Sólo consigue ver "la verdad" cuando rompe con el grupo que le protegía, pero limitaba su visión del mundo.

Las principales virtudes de Dallas Buyers Club son el compromiso total de sus actores, su voluntad feísta, y su esfuerzo anticlimático: la transformación de Ron de homófobo a defensor de su amigo gay Rayon (Jared Leto) ocurre en un supermercado; su victoria -moral- contra las farmacéuticas se nos cuenta en un simple rótulo; se nos escatima la escena de su contagio, y la de su muerte ocurre mucho después de lo que nos cuentan en el film...

COHERENCE (JAMES WARD BYRKIT,2013)


Advertencia: es mejor ver Coherence sin saber nada de su argumento. Aunque en el texto creo que no hay ningún spoiler importante, recomiendo ver la película sin tener ningún dato -ni siquiera sobre su género- y dejarse sorprender. 

¿Ya la has visto? Vale. Entonces sigue leyendo.

Coherence es una estimulante historia de ciencia ficción que comienza de la manera más cotidiana posible: un grupo de amigos se reúnen para cenar. Llevan años conociéndose y entre ellos hay secretos, hay engaños, hay historia. Se conocen desde hace tanto que han podido tener sueños juntos, pero también han podido ver cómo esas ilusiones no se cumplen. Es una amistad madura, gastada, con sabor a fracaso y a remordimientos por las decisiones que han moldeado sus trayectorias vitales. La pregunta que se plantea Coherence es ¿qué pasaría si pudieses conocer cómo sería tu vida de haber tomado otras decisiones?




El verosímil que permite responder a esta pregunta en la película es la "paradoja del gato" del físico austríaco Erwin Schrödinger. Es la misma que explica el profesor de matemáticas Larry Gopnik al principio de Un tipo serio (Joel & Ethan Coen, 2009): una caja cerrada contiene un gato y una botella de gas venenoso. Hay una probabilidad del 50% de que el veneno se libere y el gato muera, y la misma probabilidad de que sobreviva. En la interpretación de los «muchos mundos» formulada por Hugh Everett en 1957, el gato está vivo y muerto a la vez pero en ramas diferentes del universo: ambas son reales, pero incapaces de interactuar entre sí debido a la decoherencia cuántica. En Coherence hay muchos gatos vivos, muchos muertos, pero además, sí que son capaces de relacionarse entre sí. Esto se cuenta en la película de una manera muy original, partiendo de una situación con la que todos podemos identificarnos, y creando poco a poco una sensación de extrañamiento que llega a resultar inquietante.



Coherence no es la primera película que habla de universos paralelos. Recientemente, varias ficciones han tratado el tema: desde Fringe (2008-2013) hasta Another Earth (Mike Cahill, 2011). También la estructura circular de la última película de los hermanos Coen, A propósito de Llewyn Davis (2013), parece sugerir sutilmente la paradoja del gato y la interpretación de muchos mundos: al principio de la historia un gato se escapa del piso en el que duerme Llewyn, causándole todo tipo de problemas. Al final de la película, la escena parece repetirse, pero el gato no escapa del piso ¿Proponen los Coen una realidad alternativa? Puede ser, pero lo cierto es que en ese universo paralelo, Llewyn revive su destino y recibe la misma paliza que al inicio del film. Porque Llewyn también es Sísifo, condenado a esforzarse inútilmente para fracasar una y otra vez.

Mucho antes de Coherence, y sin una coartada científica, en La vida en un hilo (Edgar Neville, 1945) una pitonisa le cuenta a Mercedes (Conchita Morales) cómo hubiera sido su vida de haber aceptado compartir un taxi con Miguel Ángel (Rafael Durán). Dos líneas temporales se abren: en una, Mercedes se casa con Ramón (Guillermo Marín) "el rey de los pelmazos". En la otra, habría sido feliz con Miguel Ángel, un escultor. Pero al final, el azar permitirá a Mercedes enmendar su error y vivir dos vidas, en una.


Uno de los mejores episodios de la serie Community (2009) está dedicado también a los universos paralelos. En este, el grupo de estudio protagonista celebra una fiesta en casa de Abed y Troy (Danny Puddi y Donald Glover). Ninguno de los personajes quiere bajar a recoger la pizza que han pedido a domicilio, por lo que deciden jugarse a los dados quién será el encargado de la tarea. Cada lanzamiento de dados abre un universo paralelo, hasta seis. En sólo una de esas realidades alternativas resulta divertido bailar con la canción Roxanne de The Police.




En Coherence, no es un gato, ni unos dados, ni una pitonisa -sino el paso de un cometa- el que crea la inquietante posibilidad de que los personajes interactúen con sus dobles de otras realidades. Otros "yo" que tomaron decisiones distintas y tienen vidas diferentes. Uno de los personajes descubrirá su lado más oscuro al intentar aprovechar esa oportunidad para enmendar sus propios errores. 

A nosotros, ningún cometa nos permitirá cambiar nuestra vida. Estamos obligados a vivir con nuestras decisiones. Eso puede paralizarnos. El miedo a cometer un error puede llevarnos a no atrevernos a tomar ninguna decisión. Para evitar esa parálisis, quizás debamos escuchar otra lección del profesor Gopnik de Un tipo serio, que intenta orientar a sus alumnos explicándoles una teoría física de Heisenberg: "El principio de incertidumbre es la prueba de que no podemos saber realmente qué está pasando. Así que no deberíamos preocuparnos".

UNA INTERPRETACIÓN COMPLETAMENTE EQUIVOCADA DE LA MOSCA (DAVID CRONENBERG, 1986)


Seth Brundle (Jeff Goldblum) es un científico solitario pero talentoso con una idea revolucionaria que cambiará el mundo, la teletransportación. Está muy cerca de conseguirlo, pero algo aparece en su vida para truncar sus sueños: el amor. 

Conocer a Verónica (Geena Davis) vuelve loco a Brundle, que en lugar de seguir concentrado en su proyecto, se empeña en impresionarla. Ella le dice que está mal con su exnovio, pero sólo piensa en su carrera de periodista, y le mete prisa para que complete su invento y así poder publicar la exclusiva. Con esta presión encima, Brundle comete un error fatal. Está tan ciego de amor que se deja llevar por una chorrada que le dice Verónica sobre las abuelas y los bebés. Él cree que esa es la solución a sus problemas con la teletransportación de seres vivos. A ella sólo le importa irse de fin de semana.

Cuando era un solitario, todo iba bien para Brundle. Pero cuando se fusiona con otro ser -Verónica o una mosca- su cuerpo comienza a decaer en una metáfora gore de cómo el amor nos consume. Brundle se convierte en un sujeto desequilibrado, impulsivo, adicto al dulce, baboso... y en un salido.Verónica aprovecha esa decadencia para dejarle, y de paso volver con su novio, que era un imbécil, pero más formal que el friki de Brundle.

En la hermosa escena final, Brundle, convertido en mosca y fusionado con su propia máquina, le pide a Verónica que le pegue un tiro en la cabeza para acabar, por fin, con eso tan chungo que es sufrir por amor.

Sabemos que nada de esta interpretación es verdad, pero oye, sería bonito que La Mosca fuera una película sobre el desamor. Pero no, va de la Nueva Carne y eso...