FAST AND FURIOUS 7 (JAMES WAN, 2015)


Los hombres -heterosexuales- me entenderán. En un intercambio cinematográfico con mi pareja, acordamos ver Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) y luego la séptima entrega de Fast and Furious. La primera me resultó espantosa. No estoy hablando de su calidad como película. Ni siquiera me voy a quejar de que fuera un calco de La Cenicienta (¡1950!) animada de la propia Disney. Es que su público objetivo me parece claramente femenino. ¿Estoy diciendo que hay una ficción dirigida solo a mujeres? Sí. El caso es que mi venganza iba a ser que mi novia tuviera que soportar dos horas de testosterona con Fast and Furious. Pero me salió el tiro por la culata: ella se lo pasó pipa. No sé si de esto se puede sacar alguna conclusión. Quizás es que soy menos abierto de miras que ella.


Yo también pasé un rato muy entretenido viendo Fast and Furious 7 y no me da vergüenza decirlo. No nos engañemos, la película es el sueño húmedo de un poligonero aficionado a los tatuajes, el tunning y el reggaeton. Es una horterada. Es el reverso choni de una película del elegante James Bond. Tampoco vamos a negar que la primera entrega de la saga, A todo gas (Rob Cohen, 2001), no era más que un remake de Le llamaban Bodhi (Kathryn Bigelow, 1991) cambiando las tablas de surf por coches. La cosa continuó con un par de secuelas sin rumbo y no fue hasta la vuelta de Vin Diesel, en Fast and Furious (Justin Lin, 2009) cuando la serie se convirtió en el innegable fenómeno de taquilla que es ahora. 



Eso sí, el planteamiento es, de entrada, absurdo: chulos con cochazos que nunca deberían haber salido de su barrio convertidos en agentes secretos al nivel del mencionado James Bond, o de los más actuales Ethan Hunt y Jason Bourne. Si lo pensáis bien, este es el argumento de la estupenda Kingsman: Servicio Secreto (Matthew Vaughn, 2014).


Esta mezcla -imposible- funciona por su descaro: en todo momento los protagonistas se reconocen fuera de su elemento, para luego realizar hazañas completamente inverosímiles. No hace falta decir que lo importante en la saga Fast and Furious son las escenas de acción, estupendamente planificadas por el director de las últimas entregas, Justin lin. Pero en esta séptima parte, la incorporación de -mi favorito- James Wan, lleva las set pieces de esta película a un nivel mucho más alto. Estamos hablando del creador de Saw (2004), que aplica aquí la misma filosofía que en sus estupendas películas de terror -Insidious (2010) y Expediente Warren (2013)- en las que la forma es más importante que el contenido. Básicamente, Wan fabrica juguetes carísimos -parafraseando a Orson Welles- cuyo único propósito es entretener. Y vaya si lo consigue. En Fast and Furious 7 los movimientos de cámara en las escenas de pelea, que se mueve con los cuerpos derribados, parecen meternos dentro de la acción. Destacan también esas elegantes panorámicas lejanas de la primera persecución por las calles de Los Angeles, que aportan una distancia ¿poética? a una secuencia vibrante.


Nadie niega que los personajes no son precisamente lo principal en esta historia, pero sí que hay un esfuerzo mínimo en su caracterización. Ayuda también que lleven varias películas a sus espaldas: los conocemos. Eso no quita que la historia romántica entre Dominic Toretto (Vin Diesel) y Letty (Michelle Rodríguez) parece el muro de Facebook de un treintañero cursi: vemos dos fotos y tres frases hechas. También resulta risible el intento del guionista de darle un mensaje a cada película, y a toda la saga. La importancia de la familia es el tema de fondo porque Vin Diesel lo repite verbal y constantemente. Subtexto eso no es. Pero es que nada de esto importa realmente.



Hay en esta película tantas ganas de agradar que es imposible que no nos sea simpática. La mezcla de héroes de acción, importados de otras películas, parece seguir la misma lógica que utiliza Stallone en Los Mercenarios (2010). Además de los protagonistas habituales como Vin Diesel y Paul Walker, tenemos al ubicuo Jason Statham de Transporter (Louis Lerretier, 2002); al Dwayne "The Rock" Johnson de G.I.Joe: Retaliation (John M. Chu, 2013) que además mantiene sus movimientos del wrestling; al Tony Jaa de Ong Bak (Prachya Pinkaew, 2003) cuya fantástica pelea final con Paul Walker podría estar en Redada asesina (Gareth Evans, 2011); y a la luchadora de MMA, Rounda Rousey. Mención aparte merece un Kurt Russell que hace de padrino de la función. Su presencia no solo me parece pertinente por haber sido el héroe de obras maestras de John Carpenter -1997: Rescate en Nueva York (1981) o La Cosa (1982)- sino también porque James Wan debe haber robado al menos un par de planos de Death Proof (Quentin Tarantino, 2007).



Esta acumulación de caras conocidas -y simpáticas para el fan del cine de acción- revienta en los minutos finales del film en una batalla casi apocalíptica en las calles de Los Ángeles, que es una celebración del actioner y casi una parodia. Puro gozo. Es lo más parecido a un partido del All-Star de la NBA: muy vistoso, repleto de jugadas imposibles en la temporada regular, pero en el que no hay lesionados porque nadie juega defensa. La película se permite, además, el ser completamente lúdica, ya que no puede haber nada más emotivo que la muerte -real- de Paul walker. No hubiera sido de buen gusto que la ficción agregara otra tragedia. Así que todo bien en Fast and Furious 7. Espero con ansias la 8. Y mi novia también.