LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS: EL GRAN COMBATE


Habrá que replantearse algunas cosas si una película protagonizada por simios digitales puede ser tan buena como La guerra del planeta de los simios. Tercera entrega de una trilogía que se postula como precuela de la saga clásica iniciada con El planeta de los simios (Franklin Schaffner,1968), la cinta que dirige Matt Reeves -Monstruoso (2008)- es la mejor de las tres, la culminación de una narración épica y de unos efectos especiales que aquí alcanzan la perfección. Reeves dirige con buen pulso un film en el que todo funciona: visualmente apabullante, el guión tiene ritmo, solidez y gracia; la banda sonora de Michael Giacchino es magistral. Como en la buena ciencia ficción, una premisa absurda, la de los simios superinteligentes, es tomada completamente en serio, lo que no quiere decir que la película carezca de humor -gran hallazgo el alivio cómico del personaje de Bad Ape (Steve Zahn)-. Reeves se esmera sobre todo en conseguir personajes con los que podamos identificarnos y eso es todo un logro: tengamos en cuenta que la mayoría son simios creados por ordenador, con captura de movimiento, y que, encima, no hablan. Las interpretaciones conseguidas por los animadores, utilizando los rostros perfectamente creíbles de los primates, son simplemente magníficas. Los conflictos de estos seres digitales tienen el peso de lo humano, de lo real, de lo reconocible y llegan a ser verdaderamente emocionantes. Incluso subtramas menores, como la de la niña humana (Amiah Miller) concluyen más que satisfactoriamente. Pero hay que hablar sobre todo del protagonista de la saga, un César con el alma de un inmenso Andy Serkis -el Gollum de El señor de los anillos; el King Kong de la versión de Peter Jackson- que aquí se convierte en protagonista absoluto, sin necesidad de apoyarse en un intérprete humano de carne y hueso. Su antagonista es el Coronel al que da vida Woody Harrelson, cuya inspiración en el coronel Kurtz de Apocalipsis Now (Francis Ford Coppola, 1979) no se oculta, todo lo contrario. Porque la guerra que presenciamos en esta película se parece más a la de Vietnam que a la Segunda Guerra Mundial, y los simios son claramente el Viet Cong. La propuesta de esta reimaginación de las películas inspiradas en la novela de Pierre Boulle se distancia un poco de la distopía de la historia original, de las paradojas temporales de aquel viaje espacial, para darle el protagonismo a los simios. Aquí los primates se equiparan a todos los pueblos que han sido oprimidos alguna vez en la historia de la humanidad. Hay referencias a la cruel esclavitud de los negros en Estados Unidos, al martirio del pueblo judío en su éxodo hacia la tierra prometida, a los marginados del presente como los inmigrantes y los refugiados, pero sobre todo hay que hablar de los indios norteamericanos. Estos simios buscan sus propias tierras -y su dignidad como seres humanos- como los Cheyenne en el último western de John Ford.