DETROIT: LA NOCHE MÁS OSCURA



Detroit es una catarsis en toda regla: la contemplación de una situación trágica para exorcizar los fantasmas de una nación. Tras En tierra hostil (2008) y La noche más oscura (2012), Kathryn Bigelow deja de buscar los pecados de Estados Unidos en Oriente Medio, y desentierra vergüenzas en su propio país. Los tiempos, y el ocupante de la Casa Blanca, han cambiado. Basada en hechos tristemente reales, la película recrea cómo un grupo de policías se extralimita en el uso de la fuerza durante unos disturbios en 1967. Con afán completista, el guión nos introduce primero en el contexto histórico, narrando el inicio de la revuelta, pasando de un personaje a otro, dejando que la realidad -las imágenes de archivo- contaminen la ficción y se mezclen con ella- para luego detenerse, casi en tiempo real, en lo ocurrido durante una noche terrible. Aquí, Bigelow utiliza las herramientas del mejor cine de género para provocar en el espectador una tensión tremenda, una crispación casi insoportable y sobre todo, indignación. Es en el relato minucioso de estos hechos cuando la directora apuesta fuerte, cuando consigue dejar huella. Un clímax sin pausa que deja exhausto. Bigelow, sin caer en lo truculento, nos pone frente a frente con el terror, personificado en el inquietante -por verosímil- agente de policía Krauss (Will Poulter). El relato de cómo este y sus compañeros, torturan y aterrorizan a un grupo de afroamericanos será difícil de olvidar. Luego, la directora nos llevará con mano maestra a un epílogo que nos hace reflexionar, pero también consigue emocionar con un momento catártico equiparable al llanto de Maya (Jessica Chastain) al final de La noche más oscura. Bigelow contrapone de nuevo el hecho histórico y traumático al drama individual.



Detroit habla probablemente de nuestro mayor miedo en la actualidad: que se hagan con el poder todos esos hombres blancos que se alimentan de odio, que temen ser superados por las mujeres, que se sienten inferiores ante otras razas y que llevan décadas, en la marginalidad, esperando vengarse. Miedo a que los radicales, los fanáticos, los que creen que todo está permitido -morir o matar- por defender una idea, se hagan, finalmente con el poder. Ahí están las recientes Green Room (2015), The Handmaid's Tale (2017), o Déjame salir (2017). Detroit no es un thriller, narra un hecho real, pero la tensión que consigue la directora reproduce las emociones de un film de asedio o incluso del subgénero del torture porn. La misma angustia que una pesadilla distópica futurista sobre un estado fascista, solo que lo que vemos ha ocurrido en el pasado. La inquietud que transmiten las noches sin ley en Detroit parece más propia de un film de terror como La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968). Un tono apocalíptico que hace pensar en el fin de los tiempos que ya narró Bigelow en Días extraños (1995).

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